Toda sociedad que aspira a ser justa deberá priorizar el objetivo del empleo y más en concreto: que todos sus hombres y mujeres tengan un puesto de trabajo que les permita vivir con dignidad. Para orientarnos en ese sentido será necesario que las políticas de los gobiernos prioricen la creación de empleo a otras políticas.
En todas las encuestas y análisis sociales que tratan de examinar con mayor rigor los problemas que actualmente aquejan a las sociedades, siempre los encuestados citan como un problema esencial que afecta a la estabilidad de la convivencia, al desempleo. Igualmente, en todos los programas que preceden los procesos electorales, la reducción del desempleo, y la creación de puestos de trabajo aparecen como las piezas programáticas esenciales de todos los partidos políticos.
No es necesario ningún esfuerzo especial de exposición o raciocinio para expresar que en las sociedades actuales las cifras del paro son objeto de manifiesta preocupación. Esto lleva a promover el estudio de este problema, y sea cual sea el enfoque desde el que se enfrente su consideración - tanto en el plano económico como en el social -, adquiere importancia y cuyo valor trascendente se destaca por sí solo.
El ser humano para realizarse como tal precisa integrarse en la sociedad y participar en la misma, como una pieza activa de su funcionamiento, y no sentir la frustración de ser un mero elemento pasivo sostenido por el esfuerzo de otros. Nada es igual ni comparable a la frustración y al desengaño que siente quien poseyendo la capacidad y voluntad de integrarse en un proceso productivo no puede hacerlo porque carece de la posibilidad de acceder a los mecanismos que le permiten alcanzar tal objetivo.
Si a esto se añade la precariedad en el empleo, en cuanto a la escasa duración de los contratos y el incremento continuado de la contratación a tiempo parcial, casi se puede decir que estamos ante un problema estructural, que precisa del apoyo de todos y más concretamente, de los gobiernos.
Se ha preconizado como solución máxima al problema planteado el reparto del tiempo de trabajo. A esta situación se la menciona de distinta formas: disminución de la jornada, supresión de las horas extraordinarias, erradicación del pluriempleo, alargar los días del disfrute de las vacaciones, permisos sabáticos, prolongación de la escolaridad, anticipación de la jubilación, empleos compartidos y desempleo parcial, entre otros.
En países se han dado cuenta de las consecuencias de la disminución de la producción que la disminución del horario de trabajo produce, son evidentes por tanto que la disminución individual de tiempo de trabajo no puede plantearse más que haciendo abstracción de la producción. Es cierto que una política de distribución del tiempo de trabajo goza de buena aceptación, sin embargo y aunque aparentemente en un análisis parcial o localista del tema puedan esgrimirse resultados favorables, esto no supone que sea una regla universal susceptible de generalizarse.
No nos puede por ello extrañar que en esta materia haya dos posiciones antagónicas: 1) los defensores de la disminución de la jornada como medio de reparto de trabajo y de la calidad de vida y 2) los detractores que plantean su ineficacia en materia de creación de empleo, y que señalan que la generalización del reparto de trabajo tendría como efecto empujar a nuestras sociedades a una recesión económica severa. Esta es la problemática y este es el problema, no es fácil ni simple encontrar una solución, pero desde luego lo que es incuestionable es que la disminución de la jornada de trabajo, no es por sí sola la solución del problema.
Otro de los factores propuestos para favorecer la creación de empleo, es la reducción de las horas extraordinarias. En el mundo se realizan millones de ellas, sin estar la inmensa mayoría justificadas por razones de verdadera necesidad extraordinaria, puesto que pasan a ser parte de la jornada habitual, por lo que reduciéndolas drásticamente y en su caso sustituyéndolas por descansos alternativos, se estaría facilitando que nuevos trabajadores pudieses acceder a estos puestos de trabajo.
También se debería actuar sobre el pluriempleo, regulándolo de tal manera que su realización no estuviese solamente controlada por temas generalmente fiscales, sino bajo la filosofía del reparto del trabajo. Al mismo tiempo que actuamos sobre otros elementos, debemos hacerlo también sobre el reparto de tiempo de trabajo y el adelanto de la edad de la jubilación.
Si se lograse un crecimiento económico sostenido en el tiempo y a ritmo más intenso que el que se registra en la actualidad (particularmente en los países europeos), como una mayor competitividad de las empresas, desarrollando nuevas actividades y un replanteo de la división del tiempo de trabajo, seguramente avanzaríamos bastante más en la solución o reducción del desempleo, que utilizando en exclusiva otras fórmulas, de las cuales ya se detectó su ineficacia.
No debe olvidarse que la precariedad laboral, es una situación que vive la gente trabajadora que, por razones diversas sufren procesos que conducen a la inseguridad, a la incertidumbre por falta de garantías en las condiciones de trabajo, más allá del límite considerado como normal.
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