La crisis mundial no ha perdido su virulencia y una gran incertidumbre se mantiene en los mercados. El futuro financiero de varios países está hoy en dudas, y las medidas para corregir esa grave situación son muy resistidas. En EE.UU. el índice de confianza estaba por debajo del 60%. Está claro que en algún momento hay que empezar a pagar la euforia de la expansión, pero hoy no se ve una clara voluntad de hacerse cargo del pasado.
Recordemos que hasta el 2008, el mejor modo de mantener una razonable rentabilidad era sostener una balanceada cartera de acciones y bonos de distintos riesgos. Pero la tormenta se desató sin piedad sobre los mercados, provocada por las cuotas impagas de las hipotecas de alto riesgo sobre propiedades que bajaban su precio y entonces la estructura comenzó a caerse.
Los índices accionarios norteamericanos habían llevado hasta octubre de 2008 un empuje extraordinario, el Down Jones, había pasado de los 2600 puntos en diciembre de los 90 a 14000 en octubre de 2008, pero la caída que comenzó con los bancos, verdaderos impulsores del mercado norteamericano, llegó al desplome y luego de caer hasta los 6600 puntos que hizo crisis con el derrumbe de Lehman. Hoy siguen oscilando con sobresaltos.
La evolución de la deuda de los países merece también un comentario Hasta hace un año, ningún inversor dudaba sobre la capacidad de los países desarrollados para pagar sus deudas, pero la situación de varios países europeos, liderados por Grecia comenzaron a sembrar dudas de su verdadera aptitud para hacer frente a los compromisos, la tasa de rendimientos de sus bonos crecía y el Banco Central Europeo se vio forzado a socorrerlos. Hoy el futuro financiero de varios países está en duda.
La gran mayoría de los países desarrollados están padeciendo déficit que les obligan a seguir hipotecando su futuro en un ritmo insostenible en el corto plazo, en los países desarrollados supera el 7% y las medidas tendientes a recortarlo son crudamente resistidas y esto se traduce en mayor deuda o mayor emisión.
Otro aspecto se relaciona en que a comienzos del 2010, la relación euro-dólar parecía razonable cuando el valor del euro era de 1,4, luego de haber comenzado el rally ascendente que lo había llevado a superar 1,5 dólares por euro (en el 2002 era de uno a uno). Hoy no es posible predecir su futuro pero si el euro viera su final, se revalorizaría la moneda alemana en perjuicio de las monedas mediterráneas.
El petróleo es sin duda uno de los valores más volátiles, con valores que oscilaban en los 20 dólares por barril en los 90; en la década del 2000 comienza su estampida, arrancando en los 25 dólares y llega a su cúspide (en julio de 2008) alcanzando los 145 dólares, por la mayor demanda real proveniente de China y la mayor demanda ficticia producto de los especuladores financieros, hoy su valor oscila alrededor de los 75 dólares, pero su precio parece no tener control.
En cuando al metal, el oro, en medio de la gran crisis actual, es un particular referente. Su precio, desde el 90 hasta el 2003 fluctuó entre 250 y 400 dólares la onza y desde 2004 hasta la fecha no ha dejado de subir, hasta alcanzar un nivel de 1200 dólares la onza. Sin duda, es un excelente refugio para épocas de inestabilidad y una pobre inversión en épocas de florecimiento del mercado.
Referente al tema del desempleo; es la más trágica de las consecuencias de esta crisis, alcanzando cifras del 10% y más, tanto en EE.UU como en Europa y los datos sobre su posible reducción en el corto plazo no parecen hoy muy alentadores. A pesar del fuerte aumento de la emisión de dólares en EE.UU (mayor al 100% en dos años), el consumidor norteamericano, tiene miedo de ser despedido, sin saber si podrá pagar su hipoteca y ha reducido sus gastos, con lo cual la rueda de la economía ha dejado de funcionar aceleradamente, este hecho provoca dudas acerca del futuro del crecimiento norteamericano y, como principal consumidor mundial, el contagio puede expandirse.
Sobre la tasa del Tesoro norteamericano es una variable que cae cuando el temor se apodera de los inversores, la “huida a la seguridad” la ha hecho derrumbarse a niveles que, a diez años, no se esperaban tan bajas. Son muy pocos los que recuerdan que en 1981 esta tasa superaba el 15% anual.
En fin, la palabra cruda sobre la “incertidumbre” de la economía es cruda pero realista y no se puede saber cuando terminará.
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