El principio o fundamento de la economía de solidaridad es que la introducción de niveles crecientes y cualitativamente superiores de solidaridad en las actividades, organizaciones e instituciones económicas, tanto a nivel de las empresas como en los mercados y en las políticas públicas, incrementa la eficiencia micro y macroeconómica, además de generar un conjunto de beneficios sociales y culturales que favorecen a toda la sociedad.
Existen serias y profundas razones para cuestionar la conveniencia e incluso la posibilidad de continuación del crecimiento económico, en las formas actualmente vigentes. La economía de solidaridad postula un nuevo tipo de desarrollo, alternativo, integral, a escala humana, sostenible, con énfasis en lo local. Otro desarrollo supone otra economía, y esa otra economía para un nuevo tipo de desarrollo puede ser la economía solidaria, o al menos, constituir un componente que efectúa una contribución importante en esa dirección.
Desde la economía solidaria se pretende dar una respuesta real y actual a los más graves problemas sociales de nuestra época, tales cómo:
El deterioro del medio ambiente y de los equilibrios ecológicos, derivados en gran parte de modos individualistas de producir, distribuir, consumir y acumular riqueza. La economía solidaria orienta hacia nuevas formas de producción y consumo, social y ambientalmente responsables.
La crisis de las formas cooperativas, mutualistas y autogestionarias tradicionales, desde la cual se percibe la economía de solidaridad como un camino apropiado de renovación y refundación de las búsquedas de formas económicas asociativas y participativas que pongan al hombre y a la comunidad por encima de las cosas y al trabajo por encima del capital.
Las enormes y crecientes injusticias y desigualdades sociales, que se traducen en procesos de desintegración de la convivencia social, conflictos que se prolongan sin solución apropiada, ingobernabilidad y desafección ciudadana, acentuada delincuencia y corrupción, etc. La economía de solidaridad se plantea como una forma justa y humana de organización económica; su desarrollo puede con tribuir eficazmente a la superación de los graves problemas que impactan negativamente a nuestras sociedades.
La pobreza la exclusión y la marginación que afectan a multitudes de seres humanos, sectores sociales y pueblos enteros en diversas regiones del mundo.
La situación injusta en que en muchos países se encuentra la mujer en el ámbito del trabajo y de la economía, con dificultades de acceso y participación protagónica en las actividades y organizaciones económicas, sociales y culturales. La economía solidaria ha demostrado ser una de las formas en que la mujer y la familia encuentran nuevas y amplias posibilidades de participación, desarrollo y potenciación de sus búsquedas basadas en la identidad de género.
La desocupación y la cesantía de porcentajes elevados y crecientes de la fuerza de trabajo.
Los límites e insuficiencias de la muy extendida economía informal, que puede potenciarse y encontrar en la economía solidaria cauces apropiados para una mejor inserción en los mercados. La economía solidaria ha demostrado en muchos casos ser una alternativa capaz de conducir organizadamente a muchos trabajadores informales, a operar con mayor eficiencia, permitiendo la reinserción social y el progreso de vastos sectores que despliegan de modo independiente iniciativas que les generan ingresos y elevan su precario nivel y calidad de vida.
En un momento en el que el “sistema” capitalista parece haberse implantado como el modo único de organización económica eficiente, a pesar de sus enormes costos sociales y ambientales; en el que los proyectos socialistas basados en el Estado y la planificación han fracasado en su intento de establecer una economía justa y humana; los motivos que históricamente fundaron los grandes movimientos de cambio social con sentido de justicia y equidad siguen vigentes, sin que, sin embargo, surjan propuestas nuevas y alternativas que los encaucen.
Serán necesarias las energías sociales y espirituales orientadas a la transformación social y que buscan formas éticamente superiores de organización económica, centradas en los valores de la justicia, la equidad, la libertad, la fraternidad y la comunidad, que se encuentran desorientadas frente a una realidad adversa que parece imposible de cambiar.
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