De la lectura de los comentarios referidos a estos problemas hemos encontrado y seleccionado la que, en nuestra opinión, refleja las mejores opciones para resolver o aminorar la difícil situación creada en la Eurozona:
Una de las opciones para recuperar el crecimiento y la competitividad en la periferia de la Eurozona - mientras se emprenden las medidas de austeridad y las reformas estructurales necesarias -, sería la reflación simétrica. Esto supone una política monetaria considerablemente expansiva por parte del Banco Central Europeo; ayuda ilimitada en carácter de prestamista de última instancia a las economías con falta de liquidez, pero potencialmente solventes; una rápida depreciación del euro, que convierta los déficits de cuenta corriente de la actualidad en superávit, y políticas de estímulo fiscal en los países del núcleo de la Eurozona, si a los de la periferia se les impone austeridad. Pero, Alemania y el BCE se oponen a esta opción, por temor a la perspectiva de un ligero aumento temporal de la inflación en los países del núcleo en comparación con los de la periferia.
Otra posibilidad sería la medicina que Alemania y el BCE quieren recetar a la periferia es una deflación recesiva que comprende: austeridad fiscal, reformas estructurales que impulsen un crecimiento de la productividad y reduzcan el costo laboral unitario y depreciación en términos reales por medio del ajuste de precios, en vez del ajuste de tipo de cambio nominal. Pero esta opción traería muchos problemas. Si bien la austeridad fiscal es necesaria, implica profundizar la recesión en el corto plazo. Lo mismo puede decirse de las reformas estructurales, porque obligarán a despedir trabajadores, cerrar las empresas deficitarias y reubicar gradualmente mano de obra y capital hacia nuevas industrias emergentes. De modo que para prevenir una espiral recesiva en aumento, la periferia necesita aliviar su déficit externo por medio de una depreciación real. Pero aunque los precios y los salarios cayeran 30% en los próximos años (algo que sería casi con certeza insostenible en términos sociales y políticos), el valor real de la deuda aumentaría y se agravaría la insolvencia de los Estados y de los deudores privados.
Otra solución posible está relacionada con aquella que, si los países periféricos quedan atrapados en una trampa deflacionaria de elevado endeudamiento, caída de la producción, pérdida de competitividad y déficit externo estructural, en algún momento encontrarán atractiva la tercera opción que incluiría cesación de pagos y abandono de la Eurozona. De ese modo podrían revitalizar el crecimiento económico y la competitividad por medio de una depreciación de sus nuevas monedas nacionales.
La otra alternativa sería negociar con la periferia para que acepte un crecimiento lento con poca competitividad. Pero, desde ya, una ruptura de la Eurozona ocasionaría un cimbronazo similar al de la caída de Lehman Brothers en el 2008, o tal vez peor. Para evitarlo las economías del núcleo de la Eurozona tendrían que recurrir a ésta opción: acordar con la periferia para que se evolucione en un estado de crecimiento lento con poca competitividad. Esto obligaría a aceptar grandes quitas de deuda pública y privada, y a transferir enormes sumas de dinero para impulsar los ingresos de la Eurozona mientras su producción se perfile lenta. Es lo que en cierto modo realiza Italia hace ya décadas: usar la ayuda de las regiones septentrionales del país para subsidiar al sector comparativamente más pobre. Pero un mecanismo de transferencia fiscal permanente de ese estilo es políticamente imposible en la Eurozona, donde cada uno respeta sus nacionalidades.
Una consecuencia de lo que antecede es que Alemania y el BCE no tienen tanto poder como parecen creer. A menos que renuncien al ajuste asimétrico (deflación recesiva), que concentra todo el sufrimiento en la periferia, y busquen una solución más simétrica (austeridad y reformas estructurales en la periferia, combinadas con reflación en el conjunto de la Eurozona), el derrumbe inicial de la unión monetaria se acelerará conforme los países periféricos vayan cayendo en cesación de pagos y abandonen la moneda común.
Los episodios ocurridos recientemente en Grecia e Italia pueden ser el primer paso del proceso. Está claro que la Eurozona ya no puede seguir avanzando, como ha hecho hasta ahora; a menos, que la región avance hacia una mayor integración económica, fiscal y política (siguiendo una hoja de ruta que sea compatible con la recuperación a corto plazo del crecimiento, la competitividad y la capacidad de financiamiento, elementos sin los cuales es imposible resolver el problema del endeudamiento insostenible, y reducir los déficits externos y fiscales crónicos), es indudable que la deflación recesiva conducirá a una fuerte ruptura.
Anotemos que Italia es demasiado grande para quebrar y demasiado grande para un rescate, y ya está cerca del punto sin retorno; el final del juego para la Eurozona ha comenzado. El primer paso será una serie de reestructuraciones de deudas obligadas, y luego, abandonos de la unión monetaria que, en algún momento, llevarán a la desintegración de la Eurozona.
Esperemos que estas opciones sean analizadas exhaustivamente – o quizás existan otras alternativas, aún no previstas - que permitan analizar con profundidad las dificultades que se han creado y que la imaginación y la sabiduría de los políticos y de los muchos expertos se orienten hacia el camino menos doloroso.
Fuente: criterios de N.Roubini expuestos en Perú Económico.
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