Según el estudio del Consejo Nacional de Inteligencia (CNI), el centro de estudios a largo plazo de la CIA, China se está convirtiendo a pasos acelerados en una potencia mundial, y será el principal rival económico, político y militar de los Estados Unidos en el año 2020. Al igual que ocurrió con Alemania a principios del siglo XIX y con los Estados Unidos a principios del siglo XX, China e India transformarán el panorama geopolítico mundial. El centro de gravedad del mundo se moverá unos cuantos grados hacia el Lejano Oriente. “Aunque América del Norte, Japón y Europa en su conjunto continuarán dominando las instituciones políticas y financieras internacionales”.
Desde que China inició su giro hacia el capitalismo en 1978, el país ha venido creciendo a un promedio del 9 % anual, y nada hace prever que su ritmo de crecimiento baje significativamente en los próximos años. Según las proyecciones del gobierno chino, en el año 2020 el producto bruto nacional será de 4 trillones de dólares, cuatro veces más que el actual, y el ingreso per cápita será tres veces superior. Y eso se traducirá en el nacimiento de una enorme clase media china, que numéricamente será mayor que toda la población de los Estados Unidos o de Europa, y que transformará la economía mundial.
China está en medio de un proceso de expansión capitalista con pocos parangones en la historia del mundo. Lejos de ser una isla de consumo capitalista en un país comunista, ya existen más de cuatrocientos centros comerciales de grandes dimensiones que se han construido en los últimos años. La globalización tendrá características cada vez menos occidentales y cada vez más orientales. Para el año 2020, es probable que la opinión pública mundial asocie el fenómeno de la globalización con el ascenso de Asia, en lugar de con la ‘americanización”’, así lo pronostica el centro de estudios a largo plazo de la CIA. Cuando uno llega a China, no tarda mucho en concluir que estos pronósticos no pecan de exagerados. La fiebre capitalista que se está viviendo en ese país depara sorpresas en cada esquina. Hay que llegar a esta nación gobernada por el Partido Comunista, para encontrar el centro comercial más grande del mundo.
El boom de la construcción está consumiendo el 40 % del cemento mundial. Por lo general, son gigantescas torres de vidrio parecidas a las más sofisticadas de Occidente, pero con techos orientales, en forma de pagodas estilizadas con diseños contemporáneos. Al igual que ocurría a principios del siglo pasado en Nueva York o París, cuando la mano de obra era más barata en esas ciudades, en la China de hoy se pueden construir edificios con frentes de mármoles trabajados y exquisitamente ornamentados. Mientras que los edificios en los Estados Unidos y Europa se construyen cada vez con mayor simplicidad - por el encarecimiento de la mano de obra -, en China los arquitectos pueden imaginar los más modernos y sofisticados modelos.
Beijing hoy es como Nueva York a comienzos del siglo XX: una ciudad que crece por minuto y que se está convirtiendo en el centro del mundo, o por lo menos en una de las dos o tres principales capitales, a un paso febril. Los chinos están construyendo aceleradamente. El ritmo de trabajo es tan frenético que los obreros de la construcción duermen en su lugar de trabajo, y los departamentos se ocupan antes de que los edificios estén totalmente terminados.
La gente que transita por las calles parece mejor vestida que en Nueva York o Londres. Gracias a la gigantesca industria de la piratería, por la cual los chinos producen un porcentaje de sus bienes por encima de los pedidos de sus clientes, para luego venderlos en China y en el mercado negro internacional por una fracción de su precio. La gente en las calles de Beijing y las otras grandes ciudades parece estar estrenando ropa constantemente. Los chinos han cambiado el traje Mao por el Armani pirateado, o alguna de sus versiones locales. Hasta en los barrios de clase media baja y pobre de Beijing, uno ve gente con ropa barata, pero casi siempre nueva.
Un crecimiento anual de más del 9 % en varias décadas, 60 mil millones de dólares en inversiones anuales, 250 millones de personas rescatadas de la pobreza; evidentemente impresiona a cualquiera. Pero lo notable, es que lejos de festejar con orgullo ese avance autoridades chinas expresan que no hay que perder de vista que “todavía somos un país en vías de desarrollo
La inversión en China, calculada per cápita, es menor que en América latina. No hay que mirar las cifras globales. Funcionarios chinos señalan que “todavía tenemos una enorme cantidad de pobres. Aún existen muchos problemas. Y hay que tener siempre presente que cualquier logro que tenemos hay que multiplicarlo por 1.300 millones de personas. Y cuando multiplicamos un logro por 1.300 millones de personas, muchas veces se vuelve insignificante”.
Según la Academia China de Ciencias Sociales, ya existen unos 10 mil empresarios chinos que han superado la barrera de diez millones de dólares cada uno. Si uno toma en consideración la corrupción y la economía informal, probablemente la cifra sea varias veces mayor. Y los nuevos ricos chinos, como sus antecesores en los Estados Unidos y Gran Bretaña a finales del siglo XIX, exhiben en las más diversas formas, su ostentación.
Pero también, hay que destacar que en las grandes ciudades chinas, a diferencia de las latinoamericanas, no hay grandes problemas de delincuencia. Nadie sabe cuál es el secreto de la relativa seguridad personal que existe en las ciudades chinas, pero todo el mundo lo sospecha: las penas para la delincuencia son muy severas.
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