Es bueno señalar – al comenzar este blog – que, en general, las crisis económicas son consecuencias o por lo menos vienen juntas con las políticas y que son éstas las que deben solucionarse si se quiere atenuar aquellas. También es una aseveración real que no hay crisis de la que no pueda sacarse algún fruto positivo.
Porque las crisis no suelen solucionarse con medidas económicas únicamente, sino a través de planteos políticos renovadores e imaginativos. Los momentos difíciles de países fueron casi siempre resueltos por hombres de Estado que no parcializaban los problemas y sabían que los pueblos necesitan, ante todo, conducción política o sea objetivos claros y formas de conquistarlos planteados con realismo.
Conforme a opiniones válidas, las crisis económicas no existen. Existen las crisis, que suelen tener consecuencias también en el terreno económico. Cuando un país es sólido y estable, cuando su política es sana y no existen vacíos políticos ni institucionales, las alteraciones económicas, por complejas que parezcan, son relativamente fáciles de solucionar.
Hay situaciones muy especiales donde será necesario tomar decisiones que serán impopulares, pero claro, eso electoralmente no constituye una buena estrategia. Es por ello que los políticos presentan una propuesta económica para conseguir votos, no para resolver los problemas económicos. Si la sociedad fuera más culta en temas económicos, no aceptaría políticas económicas que ante el más mínimo examen, lucen utópicas, en las que se puede advertir una intención simplemente electoral. Del análisis de las propuestas económicas presentadas por las diferentes campañas electorales participantes en el proceso llevado a cabo por estos días, pareciera resaltar que nuestros políticos confunden política económica con política electoral.
Para economistas y académicos resulta frustrante ver como una y otra vez el agente político es incapaz de tomar decisiones acertadas por el alto costo – económico y sobre todo político - que éstas implican. Entonces ¿Cuáles son nuestros errores? ¿Qué necesitamos modificar? ¿Cómo crear los incentivos necesarios para que el político como un ente maximizador de votos se vea obligado a actuar en forma eficiente?
Una diferencia a tener en cuenta al presentar la política y la economía como analógicas, es que un voto desinformado o equívoco puede llegar a significar un alto costo para el resto de los miembros de una comunidad, que ven defraudadas sus expectativas responsables por aquellas decisiones irresponsables de cierto número de votantes, que votan – más de lo que es posible imaginar – en función de intereses personales o por adhesiones emocionales. En cambio, cuando un comprador o productor decide realizar una operación en el mercado de bienes de uso y de consumo, no arrastra a grandes masas de individuos en su decisión errónea. Solamente él – y algunos allegados – pagarán los resultados desagradables de su error comercial, económico o financiero. En este caso, la carga completa del error es sostenida por aquel que lo cometió.
Es muy habitual oír hablar a los economistas y expertos en finanzas de la depresión de los mercados; del pánico bursátil; de la desesperanza de los trabajadores; del presentismo como forma de vida; del consumismo como testimonio de las ventas en los mercados; de la impotencia de los operadores económicos ante situaciones políticas que los superan; sobre las motivaciones de los consumidores medidas a través de pruebas proyectivas; acerca de la identificación de los obreros con su empresa; de la crisis bursátil o financiera o económica, etc.
Lamentablemente, este ha sido un espacio poco estudiado para conocer las relaciones y diferencias que existen en un lenguaje, que a veces es utilizado por los economistas y que, en otros casos, es exageradamente utilizado en el lenguaje cotidiano para expresar sus sentimientos por los vaivenes de un mercado de capitales, que nadie tiene la posibilidad de conocerlo de manera segura y absoluta.
Desafortunadamente los políticos han enseñado a sus electores a escuchar cosas aparentemente convincentes, aunque sean irrealizables o hasta irracionales. Nuestra cultura política y democrática ha llevado a que los políticos luchen por presentar la propuesta más agradable, no la más adecuada ni la más conveniente. Hay propuestas económicas que son más populistas que pragmáticas. Hay propuesta que son sencillamente irrealizables, aunque lucen muy loables y hasta razonables pero en otra realidad.
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