Las sociedades contemporáneas enfrentan cuatro problemas para ubicarse ventajosamente en el nuevo sistema global: competitividad, gobernabilidad, cohesión social y sustentabilidad ecológica e intergeneracional. Los cuatro se realimentan mutuamente, son atributos sistémicos y no pueden localizarse en instituciones aisladas: empresas, gobiernos, organizaciones de la sociedad civil. Su logro supone una cultura compartida, un paradigma de desarrollo con efectiva equidad y una transformación estructural en las instituciones y relaciones. En la Argentina estamos en serio déficit en relación a los cuatro desafíos y el cambio no surgirá espontáneamente. Se requieren fuerzas y actores colectivos que compartan una perspectiva de valores e intereses generalizables y que cuenten con una estrategia informada, capaz de orientar decisiones concretas ante un mundo global que cambia vertiginosamente.
En la economía contemporánea, los países más exitosos son aquellos que lideran a sus competidores en dos aspectos fundamentales: el conocimiento (knowledge management) y el empuje empresario (entrepreneurship), y a la vez cuentan con sistemas de regulación estatal más democráticos, eficientes y fuertes, y una sociedad integrada y que cree en las instituciones de la República. La sociedad basada en la economía del conocimiento no es una sociedad que sabe, sino una sociedad que aprende. Esto implica ciudadanos, instituciones, sistemas sociales y productivos inteligentes, capaces de articular el conocimiento científico con el práctico, y de aprender colectivamente en sus interacciones y proyectos compartidos.
Esto es particularmente cierto para la industria y la producción en general. Lo que hará la diferencia es el valor agregado de información y conocimiento. El empresario innovador lo es como parte de redes y sistemas de entorno sin los cuales la dinámica del desarrollo competitivo y socialmente eficiente no se produce. Estos entornos culturales e institucionales son las bases profundas de una competitividad auténtica y duradera de sistemas industriales, de empresas y trabajadores.
Mirando al futuro del país y firmemente convencidos de la necesidad de una estrategia que coloque a toda la sociedad argentina en un camino compartido de desarrollo humano integral, pensamos que deben crearse las condiciones sociales, políticas y económicas para responder eficientemente a los desafíos que plantean los procesos de transformación global y regional.
El poder político que le compete definir las reglas del juego de la globalización, no pertenece solamente a los Estados. Desde la Edad Media, los mercaderes, los gobiernos, y los financistas se asocian y se enfrentan para ejercer su influencia. Hoy día, los análisis y las teorías nos indican que el poder es difuso y repartido entre actores diversos, pero que son sobre todo actores privados. Si la teoría económica no puede decir nada a este respecto, la ciencia política tiene mucho que aportar.
Si quisiéramos fundar un orden social y económico basado en el Evangelio, se entiende que es necesario reconocer que el intento de encontrar orientaciones directas y precisas sobre un sistema social con el cual regir las funciones humanas en este mundo tales como el poder, el manejo de los bienes, la relación de los individuos etc. nos encontramos que es difícil derivar del mismo Evangelio tales principios. Esto se debe a que Jesús, en su propuesta doctrinal, que está al mismo tiempo encarnada por su persona, hace planteamientos que atañen a la raíz del mismo ser humano, mostrando así la realidad de la política como un servicio, pero no recomendando un sistema político e ideológico sobre otro. El manejo económico debería ir en la línea del compartir fraternal derivado nada menos que de la dignidad que todo ser humano posee puesto que Dios tiene sobre cada uno un designio para ser sus hijos, por tanto hermanos entre nosotros; de aquí que el ser humano está llamado a todos los productos de la organización de la civilización y de la cultura, los sistemas políticos, económicos, sociales y de cualquier índole, incluso los religiosos.
Las Universidades son centros fundamentales de generación de jóvenes talentos, de actualización de los existentes y de producción de los conocimientos en que se basan las innovaciones. Participan del lado de la oferta con recursos humanos y con tecnología aplicable a los productos y a la resolución del sistema de necesidades de la sociedad. En los países industrializados se han ido produciendo, primero, una aproximación entre Universidades y empresas. Y más recientemente una especie de simbiosis entre los mismos, generando los así llamados "clusters" empresarios en sus zonas de influencia. Esto es necesario en nuestro país, pero acompañado de una articulación igualmente próxima entre industria, sociedad y universidad, pues la sociedad del conocimiento se basa en el paradigma de la "educación para todos a largo de toda la vida" y ese aprendizaje no es asimilable si el sistema productivo y el educativo interactúan sin integrar a todos los núcleos sociales.
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